
Tus motivaciones —conseguir ese ascenso, organizar las mejores fiestas, presentarte a un cargo público— no son abstracciones impersonales, sino que reflejan poderosamente quién eres y en qué te enfocas. Los objetivos individuales ocupan un lugar destacado en las teorías de la personalidad desarrolladas por primera vez por el psicólogo de Harvard Henry Murray. Según su sucesor, David McClelland, lo que Friedrich Nietzsche llamó «la voluntad de poder», que consideraba la principal fuerza motriz del comportamiento humano, es una de las tres motivaciones básicas, junto con el logro y la afiliación, que nos diferencian como individuos. Un experimento sencillo muestra que estas amplias motivaciones emocionales pueden afectar a lo que prestas atención o ignoras a niveles muy básicos. Al examinar imágenes de rostros que expresan diferentes tipos de emoción, los sujetos orientados al poder se sienten atraídos por rostros no confrontativos, como los «rostros de sorpresa», en lugar de aquellos que sugieren dominio, como los «rostros de ira». Por el contrario, las personas impulsadas por la afiliación se inclinan hacia rostros amigables o alegres.
Rapt: Atención y la vida enfocada

Winifred Gallagher
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