
Es una desgracia peculiar de los aspirantes a escritores. Tu tema es bueno, al igual que tus frases. Tus personajes rebosan de vida, casi necesitan certificados de nacimiento. La trama que has trazado para ellos es grandiosa, sencilla y cautivadora. Has investigado a fondo, recopilando los datos: históricos, sociales, climáticos y culinarios, que le darán autenticidad a tu historia. Los diálogos fluyen con rapidez, cargados de tensión. Las descripciones rebosan color, contraste y detalles reveladores. En realidad, tu historia solo puede ser genial. Pero todo se queda en nada. A pesar de su obvia y brillante promesa, llega un momento en que te das cuenta de que ese susurro que te ha estado atormentando desde el fondo de tu mente dice la cruda y terrible verdad: NO FUNCIONARÁ. Falta un elemento, esa chispa que da vida a una historia real, independientemente de si la historia o la comida son correctas. Tu historia está emocionalmente muerta, esa es la clave. El descubrimiento es algo devastador, te lo aseguro. Te deja con un hambre voraz.

Yann Martel
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