Yevgeny Zamyatin

Pero las nubes se abombaron en el calor sofocante, el cielo se abrió con una grieta carmesí, escupió llamas, y el antiguo bosque comenzó a humear. Por la mañana había una masa de lenguas de fuego retumbantes, un silbido, un estruendo, un aullido por todas partes, la mitad del cielo negro de humo, y el sol ensangrentado apenas visible. ¿Y qué pueden hacer los hombres con sus palas, zanjas y cubos? El bosque ya no existe, fue devorado por el fuego: tocones y cenizas. Quizás algún día se aren aquí campos ilimitados, quizás madure aquí un trigo nuevo e inaudito, y hombres de Arkansas con rostros afeitados pesen en sus palmas el pesado grano dorado. O quizás crezca una ciudad, viva con sonido y movimiento resonantes, toda de piedra, cristal y hierro, y hombres alados lleguen aquí volando sobre mares y montañas desde todos los confines del mundo. Pero nunca más el bosque, nunca más el silencio azul del invierno y el silencio dorado del verano. Y solo los narradores de cuentos hablarán con palabras poéticas y coloridas sobre lo que fue, sobre lobos y osos y majestuosos abuelos centenarios con abrigos verdes, sobre la vieja Rusia; nos hablarán de todo esto a nosotros, que lo vimos con nuestros propios ojos hace diez años —¡cien años!—, y a aquellos otros, los alados, que vendrán dentro de cien años a escuchar y a maravillarse ante todo ello como ante un cuento de hadas. («En la vieja Rusia»)
– Yevgeny Zamyatin –


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Pero las nubes se abombaron en el calor sofocante, el cielo se abrió con una grieta carmesí, escupió llamas, y el antiguo bosque comenzó a humear. Por la mañana había una masa de lenguas de fuego retumbantes, un silbido, un estruendo, un aullido por todas partes, la mitad del cielo negro de humo, y el sol ensangrentado apenas visible. ¿Y qué pueden hacer los hombres con sus palas, zanjas y cubos? El bosque ya no existe, fue devorado por el fuego: tocones y cenizas. Quizás algún día se aren aquí campos ilimitados, quizás madure aquí un trigo nuevo e inaudito, y hombres de Arkansas con rostros afeitados pesen en sus palmas el pesado grano dorado. O quizás crezca una ciudad, viva con sonido y movimiento resonantes, toda de piedra, cristal y hierro, y hombres alados lleguen aquí volando sobre mares y montañas desde todos los confines del mundo. Pero nunca más el bosque, nunca más el silencio azul del invierno y el silencio dorado del verano. Y solo los narradores de cuentos hablarán con palabras poéticas y coloridas sobre lo que fue, sobre lobos y osos y majestuosos abuelos centenarios con abrigos verdes, sobre la vieja Rusia; nos hablarán de todo esto a nosotros, que lo vimos con nuestros propios ojos hace diez años —¡cien años!—, y a aquellos otros, los alados, que vendrán dentro de cien años a escuchar y a maravillarse ante todo ello como ante un cuento de hadas. («En la vieja Rusia»)

El dragón: Quince historias


Autor FraseaME

Yevgeny Zamyatin


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