Zora Neale Hurston

Estaba recostada boca arriba bajo el peral, absorbiendo el canto agudo de las abejas que la visitaban, el dorado del sol y el aliento jadeante de la brisa, cuando la voz inaudible de todo aquello la alcanzó. Vio una abeja cargada de polvo hundirse en el santuario de una flor; los mil cálices hermanos se arqueaban para encontrarse con el abrazo amoroso y el estremecimiento extático del árbol desde la raíz hasta la rama más pequeña, regocijándose en cada flor y rebosando de deleite.
– Zora Neale Hurston –


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Estaba recostada boca arriba bajo el peral, absorbiendo el canto agudo de las abejas que la visitaban, el dorado del sol y el aliento jadeante de la brisa, cuando la voz inaudible de todo aquello la alcanzó. Vio una abeja cargada de polvo hundirse en el santuario de una flor; los mil cálices hermanos se arqueaban para encontrarse con el abrazo amoroso y el estremecimiento extático del árbol desde la raíz hasta la rama más pequeña, regocijándose en cada flor y rebosando de deleite.

Sus ojos estaban puestos en Dios.


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Zora Neale Hurston


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