
Nos despojan de todo lo que daba valor y sustancia a nuestra existencia: poder y amor; en este estado final de desnudez, llega nuestro último amante, nuestra compañera, la muerte. Despojados, sin protección, nos enfrentamos a los elementos que nos destruirán. Los vientos invernales nos azotan y nos atraviesan, haciendo alarde de su vigor y nuestra nulidad, como si todo el cosmos se vengara ahora de la criatura humana que ha vivido demasiado: el sol moribundo nos ridiculiza desde el oeste, pues volverá mañana para morir de nuevo, pero nosotros solo descendemos una vez; el sol naciente nos ridiculiza desde el este, pues no participaremos del renacimiento de la luz y la vida; el mediodía nos provoca con su calor y vitalidad, pues somos detritos; el norte finalmente nos envuelve en nuestras últimas vestiduras: la noche eterna. Así es como termina.
Mañana, mediodía y noche: crecer y envejecer con la literatura.

Arnold Weinstein
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