Giselle Fox

—Te voy a contar una historia —susurró—. Había una vez una mujer hermosa llamada Amber, que vivía sola en una tierra lejana entre el mar y el cielo. Cualquiera que pasara por allí sabía que Amber era especial. Pero había una que la adoraba más que nadie. —Hizo una pausa y me sonrió—. Siempre que Amber bajaba al océano y se bañaba, siempre que sumergía sus largos dedos en las olas, la sirena que vivía en las profundidades más allá del arrecife nadaba cerca y la observaba. Cada día la sirena se acercaba un poco más hasta que, finalmente, emergió del agua y la saludó. —Igual que tú —susurré—. Shhh. —Puso su dedo sobre mis labios—. Cuando Amber vio a la sirena, sintió mucha curiosidad. Más curiosidad, quizás, que la que había sentido por nadie. La sirena sentía aún más curiosidad por Amber. Ninguna otra mujer le había parecido tan perfecta y tan pura. Cada vez que la sirena miraba a Amber, su deseo crecía como un incendio forestal. Amber aún no había aprendido todos los escurridizos caminos del mundo —dijo suavemente mientras mojaba su pulgar entre mis labios—. Suspiré cuando me apretó. La sirena se dio cuenta de que Amber todavía tenía miedo. Así que decidió arriesgarse. Le dio a Amber un solo beso y esperó que Amber la viera tal como era en realidad.
– Giselle Fox –


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—Te voy a contar una historia —susurró—. Había una vez una mujer hermosa llamada Amber, que vivía sola en una tierra lejana entre el mar y el cielo. Cualquiera que pasara por allí sabía que Amber era especial. Pero había una que la adoraba más que nadie. —Hizo una pausa y me sonrió—. Siempre que Amber bajaba al océano y se bañaba, siempre que sumergía sus largos dedos en las olas, la sirena que vivía en las profundidades más allá del arrecife nadaba cerca y la observaba. Cada día la sirena se acercaba un poco más hasta que, finalmente, emergió del agua y la saludó. —Igual que tú —susurré—. Shhh. —Puso su dedo sobre mis labios—. Cuando Amber vio a la sirena, sintió mucha curiosidad. Más curiosidad, quizás, que la que había sentido por nadie. La sirena sentía aún más curiosidad por Amber. Ninguna otra mujer le había parecido tan perfecta y tan pura. Cada vez que la sirena miraba a Amber, su deseo crecía como un incendio forestal. Amber aún no había aprendido todos los escurridizos caminos del mundo —dijo suavemente mientras mojaba su pulgar entre mis labios—. Suspiré cuando me apretó. La sirena se dio cuenta de que Amber todavía tenía miedo. Así que decidió arriesgarse. Le dio a Amber un solo beso y esperó que Amber la viera tal como era en realidad.

Cosas raras y hermosas


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Giselle Fox


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