
El alma ni siquiera es ese premio de oro por el que Dios y Satanás se pelean después de que los gusanos hayan devorado nuestros huesos. Por eso, cuando reflexionamos —como tarde o temprano todos debemos hacerlo— sobre qué debemos hacer con nuestra alma, la religión es el lugar equivocado, aunque convencional, al que acudir. La religión no es más que una transacción en la que personas atribuladas intercambian sus almas por un consuelo psicológico temporal y totalmente ilusorio: la vieja táctica de renunciar a algo para salvarlo. Las religiones nos hacen creer que el alma es la joya más preciada y que, a cambio de nuestra obediencia ciega, pueden protegerla en sus bóvedas, o al menos asegurarla contra el robo. Se equivocan.
Villa Incógnito

Tom Robbins
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