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Aristóteles

Tampoco debemos olvidar el término medio, que hoy en día se pierde de vista en las formas pervertidas de gobierno; pues muchas prácticas que parecen democráticas son la ruina de las democracias, y muchas que parecen oligárquicas son la ruina de las oligarquías. Quienes creen que toda virtud reside en los principios de su propio partido llevan las cosas al extremo; no consideran que la desproporción destruye un Estado. Una nariz que varía desde la rectitud ideal hasta ser aguileña o chata puede seguir siendo de buena forma y agradable a la vista; pero si el exceso es muy grande, se pierde toda simetría, y la nariz acaba por dejar de serlo debido a algún exceso en una dirección o defecto en otra; y esto es cierto para cualquier otra parte del cuerpo humano. La misma ley de proporción se aplica igualmente a los Estados. La oligarquía o la democracia, aunque se alejen de la forma más perfecta, pueden constituir un gobierno suficientemente bueno; pero si alguien intenta llevar los principios de cualquiera de ellas al extremo, comenzará por corromper el gobierno y terminará por no tener ninguno. Por lo tanto, el legislador y el estadista deben saber qué medidas democráticas salvan y cuáles destruyen una democracia, y qué medidas oligárquicas salvan o destruyen una oligarquía. Pues ninguna de las dos puede existir ni perdurar a menos que tanto ricos como pobres estén incluidos. Si se introduce la igualdad de propiedad, el Estado necesariamente debe adoptar otra forma; pues cuando las leyes llevadas al extremo perjudican a uno u otro elemento del Estado, la constitución se ve perjudicada.
– Aristóteles –

Aristóteles

Pero de todo lo que he mencionado, lo que más contribuye a la permanencia de las constituciones es la adaptación de la educación a la forma de gobierno; sin embargo, en nuestros días este principio se descuida universalmente. Las mejores leyes, aunque sancionadas por todos los ciudadanos del Estado, no servirán de nada a menos que los jóvenes sean educados, mediante el hábito y la educación, en el espíritu de la constitución, si las leyes son democráticas, o democráticamente, si las leyes son oligárquicas. Pues puede haber falta de autodisciplina tanto en los Estados como en los individuos. Ahora bien, haber sido educado en el espíritu de la constitución no significa realizar las acciones que complacen a los oligarcas o a los demócratas, sino aquellas que hacen posible la existencia de una oligarquía o de una democracia. Mientras que entre nosotros los hijos de la clase dominante en una oligarquía viven en el lujo, los hijos de los pobres se curten con el ejercicio y el trabajo, y por lo tanto están más inclinados y capacitados para hacer una revolución. En las democracias más extremas ha surgido una falsa idea de libertad que contradice los verdaderos intereses del Estado. Dos principios caracterizan a la democracia: el gobierno de la mayoría y la libertad. Se cree que la justicia es la igualdad; que la igualdad es la supremacía de la voluntad popular; y que la libertad significa hacer lo que a uno le plazca. En tales democracias, cada uno vive a su antojo, o, en palabras de Eurípides, «según su capricho». Pero esto es un error; vivir conforme a la constitución no debería considerarse esclavitud, pues es su salvación.
– Aristóteles –