
Tampoco debemos olvidar el término medio, que hoy en día se pierde de vista en las formas pervertidas de gobierno; pues muchas prácticas que parecen democráticas son la ruina de las democracias, y muchas que parecen oligárquicas son la ruina de las oligarquías. Quienes creen que toda virtud reside en los principios de su propio partido llevan las cosas al extremo; no consideran que la desproporción destruye un Estado. Una nariz que varía desde la rectitud ideal hasta ser aguileña o chata puede seguir siendo de buena forma y agradable a la vista; pero si el exceso es muy grande, se pierde toda simetría, y la nariz acaba por dejar de serlo debido a algún exceso en una dirección o defecto en otra; y esto es cierto para cualquier otra parte del cuerpo humano. La misma ley de proporción se aplica igualmente a los Estados. La oligarquía o la democracia, aunque se alejen de la forma más perfecta, pueden constituir un gobierno suficientemente bueno; pero si alguien intenta llevar los principios de cualquiera de ellas al extremo, comenzará por corromper el gobierno y terminará por no tener ninguno. Por lo tanto, el legislador y el estadista deben saber qué medidas democráticas salvan y cuáles destruyen una democracia, y qué medidas oligárquicas salvan o destruyen una oligarquía. Pues ninguna de las dos puede existir ni perdurar a menos que tanto ricos como pobres estén incluidos. Si se introduce la igualdad de propiedad, el Estado necesariamente debe adoptar otra forma; pues cuando las leyes llevadas al extremo perjudican a uno u otro elemento del Estado, la constitución se ve perjudicada.
Política

Aristóteles
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