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Charles Williams

La imagen de un bosque ha aparecido con bastante frecuencia en la poesía inglesa. De hecho, ha aparecido tantas veces que ha reunido en sí mismo una buena cantidad de versos; de modo que se ha convertido en un gran bosque donde, con largas leguas de verde cambiante entre ellas, han tenido lugar extraños episodios poéticos. Así, en una parte hay amantes en una noche de pleno verano, o de día un duque y sus seguidores, y en otra hombres detrás de las ramas de modo que el bosque parece moverse, y en otra una muchacha separada de sus dos jóvenes hermanos señoriales, y en otra un poeta escuchando a un ruiseñor pero más bien soñando ricamente con el gran arte que explorándolo allí, y hay otros habitantes, pertenecientes aún más estrechamente al bosque, dríades, hadas, un camino de hechiceros. El bosque mismo tiene diferentes nombres en diferentes lenguas: Westermain, Arden, Birnam, Broceliande; Y en algunos lugares hay árboles con nombres propios, como aquel en las afueras contra el que un joven poeta del norte vio a un errante espectral apoyado, o, en el centro inexplorado del que solo los rumores llegan incluso a la poesía, Igdrasil de un mito, o los Árboles del Conocimiento y la Vida de otro. De modo que, en efecto, toda la tierra parece convertirse en un inmenso bosque, y nuestras civilizaciones más antiguas y estables no son más que claros en medio de él.
– Charles Williams –