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Virginia Woolf

¿Era sabiduría? ¿Era conocimiento? ¿Era, una vez más, el engaño de la belleza, de modo que todas las percepciones, a medio camino de la verdad, se enredaban en una red dorada? ¿O acaso guardaba en su interior algún secreto que, sin duda, Lily Briscoe creía que la gente debía tener para que el mundo siguiera adelante? No todos podían vivir tan desorientados, al día como ella. Pero si lo sabían, ¿podrían contárselo? Sentada en el suelo con los brazos alrededor de las rodillas de la señora Ramsay, tan cerca como podía estar, sonriendo al pensar que la señora Ramsay jamás sabría el motivo de esa presión, imaginó cómo en las cámaras de la mente y el corazón de la mujer que, físicamente, la tocaba, se encontraban, como tesoros en las tumbas de los reyes, tablillas con inscripciones sagradas que, si se pudieran descifrar, lo enseñarían todo, pero que jamás se ofrecerían abiertamente, jamás se harían públicas. ¿Qué arte existía, conocido por el amor o la astucia, que permitiera acceder a esas cámaras secretas? ¿Qué artilugio para convertirse, como aguas vertidas en una sola vasija, inextricablemente en una con el objeto adorado? ¿Podría el cuerpo, o la mente, lograrlo, mezclándose sutilmente en los intrincados pasajes del cerebro? ¿O el corazón? ¿Podría el amor, como lo llamaban, convertirla a ella y a la señora Ramsay en una sola? Porque no era conocimiento sino unidad lo que deseaba, no inscripciones en tablillas, nada que pudiera escribirse en ningún idioma conocido por los hombres, sino la intimidad misma, que es conocimiento, había pensado, apoyando la cabeza en la rodilla de la señora Ramsay.
– Virginia Woolf –