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Benjamin Breckinridge Warfield

Puede existir una teología sin las Escrituras: una teología de la naturaleza, elaborada mediante procesos dolorosos, lentos y a veces dudosos, a partir de lo que el hombre observa a su alrededor en la naturaleza externa y el curso de la historia, y de lo que percibe en su interior sobre la naturaleza y la gracia. De igual modo, puede existir, y ha existido, una astronomía de la naturaleza, recopilada por el hombre en su estado natural, sin más ayuda que la de sus propios ojos, mientras observaba los campos de noche. Pero ¿qué relación tiene esta astronomía de la naturaleza con la astronomía que se ha hecho posible gracias a los maravillosos aparatos de nuestros observatorios? La Palabra de Dios es a la teología lo que estos instrumentos son a la astronomía, pero mucho más. Es el instrumento que amplía tanto las posibilidades de la ciencia que la revoluciona y la eleva a una altura de la que jamás podrá descender. ¿Qué pensaría el hombre engañado que, descartando los nuevos métodos de investigación, insistiera en adquirir toda la astronomía que admitiera, a partir de la mera observación de sus propios ojos miopes y astigmáticos? Mucho más engañado está aquel que, descuidando el instrumento de la Palabra de Dios escrita, limitaría sus afirmaciones de verdad teológica a lo que pudiera descubrir en las luces fragmentadas que inciden en la naturaleza externa, y en los débiles destellos de una luz moribunda o incluso de una luz que renace lentamente, que surgen en su propia alma pecaminosa. ¡Ah, no! El telescopio fue el primero en hacer posible una verdadera ciencia de la astronomía; y las Escrituras constituyen la única fuente suficiente de teología.
– Benjamin Breckinridge Warfield –