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Ernest Hemingway

Al escribir una novela, un escritor debe crear personas reales; personas, no personajes. Un personaje es una caricatura. Si un escritor logra que las personas cobren vida, puede que no haya grandes personajes en su libro, pero es posible que este se mantenga como un todo; como una entidad; como una novela. Si las personas que el escritor crea hablan de los grandes maestros, de la música, de la pintura moderna, de las letras o de la ciencia, entonces deberían hablar de esos temas en la novela. Si no hablan de estos temas y el escritor los obliga a hacerlo, es un farsante, y si él mismo habla de ellos para demostrar su erudición, está presumiendo. Por muy buena que sea una frase o un símil, si lo coloca donde no es absolutamente necesario e insustituible, está arruinando su obra por egocentrismo. La prosa es arquitectura, no decoración de interiores, y el Barroco ha terminado. Para un escritor, plasmar sus reflexiones intelectuales, que podría vender a bajo precio como ensayos, en boca de personajes artificiales, más rentables al ser presentados como personas en una novela, es una buena estrategia económica, quizás, pero no constituye literatura. Los personajes de una novela, no los hábilmente construidos, deben surgir de la experiencia asimilada del escritor, de su conocimiento, de su mente, de su corazón y de todo lo que hay en él. Si alguna vez tiene la suerte, además de la seriedad, de plasmarlos íntegramente, tendrán más de una dimensión y perdurarán en el tiempo. Un buen escritor debería saberlo casi todo. Naturalmente, no lo hará. Un escritor suficientemente grande parece nacer con conocimiento. Pero en realidad no es así; solo ha nacido con la capacidad de aprender más rápido que otros, sin esfuerzo consciente, y con la inteligencia para aceptar o rechazar lo que ya se le presenta como conocimiento. Hay cosas que no se pueden aprender rápidamente, y el tiempo, que es todo lo que tenemos, debe pagarse con creces para adquirirlas. Son las cosas más simples, y como se necesita toda una vida para conocerlas, lo poco nuevo que cada uno obtiene de la vida es muy valioso y constituye la única herencia que deja. Cada novela verdaderamente escrita contribuye al conocimiento total disponible para el siguiente escritor, pero este debe pagar, siempre, un porcentaje mínimo de experiencia para comprender y asimilar lo que le pertenece por derecho de nacimiento y aquello de lo que, a su vez, debe desprenderse. Si un prosista sabe lo suficiente sobre el tema que trata, puede omitir información que conoce, y el lector, si el escritor escribe con suficiente veracidad, la percibirá con la misma intensidad que si la hubiera expresado explícitamente. La majestuosidad del movimiento de un iceberg se debe a que solo una octava parte de él está sobre el agua. Un escritor que omite información por desconocimiento solo crea vacíos en su obra. Un escritor que valora tan poco la seriedad de la escritura que se empeña en demostrar que es culto, educado o de buena familia, no es más que un petulante. Y recordemos esto: un escritor serio no debe confundirse con un escritor solemne. Un escritor serio puede ser un halcón, un buitre o incluso un petulante, pero un escritor solemne siempre es un maldito búho.
– Ernest Hemingway –