
Para ilustrar la naturaleza de esta reciprocidad teándrica, Tomás invoca, como ejemplo, el contacto físico de la mano de Jesús: «Él realizaba cosas divinas humanamente, como cuando curaba al leproso con un toque». El contacto de un ser humano no es en sí mismo milagroso, e incluso en Jesús esta acción humana no es humanamente sanadora. El hecho milagroso del poder sanador de este toque humano, más bien, como lo expresa Reginald Garrigou-Lagrange, «procede de Dios como causa principal y de la naturaleza humana de Cristo como causa instrumental». Jesús realiza cosas divinas humanamente. Más profundamente, Jesús quiere la voluntad divina de salvación humanamente. Y así quiere teándricamente en el sentido de que lo que quiere tiene un «valor infinito» que «deriva del supuesto divino que es el agente que opera». Los efectos deificantes de la Encarnación dependen, por lo tanto, del hecho teándrico de la unidad interpenetrante de las operaciones divino-humanas.

Aaron Riches
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