
Mirad, mirad —gritó el conde, agarrando las manos del joven—, mirad, porque en mi alma es curioso. He aquí un hombre que se había resignado a su destino, que iba al cadalso a morir, como un cobarde, es cierto, pero estaba a punto de morir sin resistencia. ¿Sabéis qué le dio fuerza? ¿Sabéis qué le consoló? Fue que otro participara de su castigo, que otro participara de su angustia, que otro fuera a morir antes que él. Llevad dos ovejas al carnicero, dos bueyes al matadero, y haced que uno de ellos entienda que su compañero no morirá; la oveja balará de placer, el buey bramará de alegría. Pero el hombre, el hombre, a quien Dios creó a su imagen y semejanza, el hombre, sobre quien Dios ha puesto su primer y único mandamiento, el de amar al prójimo, el hombre, a quien Dios ha dado voz para expresar sus pensamientos, ¿cuál es su primer grito cuando oye que su semejante se salva? Una blasfemia. ¡Honor al hombre, esta obra maestra de ¡La naturaleza, esta reina de la creación!
El Conde de Montecristo

Alexandre Dumas
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