
Lo sabía como la gente dice saber que está a punto de ser alcanzada por un rayo, pero se queda impotente para huir, incapaz de evitar su destino. Entró en pánico, como cualquiera lo haría cuando partes dispares de su vida están a punto de chocar entre sí, dejando sin duda un rastro de angustia y destrucción. Era cierto que la devoción podía perderse tan rápido como se encontraba, por eso algunos insistían en que las cartas de amor se escribieran con tinta. Qué fácil era que incluso las palabras más dulces se evaporaran, solo para ser reescritas según lo dictaran el impulso y el enamoramiento. Qué lástima que el amor no pudiera enseñarse ni entrenarse, como una foca o un perro. En cambio, era un lobo al acecho, con voluntad propia, que seguía su propio camino, imperturbable ante el daño causado. Un amor así podía convertir a la gente honesta en mentirosos y tramposos, como ahora…
El rey del río

Alice Hoffman
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