
ella le lanzó el viejo remo con todas sus fuerzas. El golpe fue tremendo, partiéndose en dos, y él cayó por la borda, a las oscuras y frías aguas del lago, hundiéndose como una piedra. Le tomó dos segundos. Y entonces lanzó un grito de auxilio, arrojando el remo roto lejos de ella, y saltó al agua tras él. Estaba muy fría, helada hasta el punto de entumecer, y cuando la cubrió por completo, lo agarró, rodeándolo con los brazos, dispuesta a hundirse con él hasta el fondo. En cambio, él pateó, empujándolos hacia arriba para que rompieran la superficie, su brazo aferrado al de ella mientras ella forcejeaba. «¡Jesús, mujer!», espetó. «¿Cuándo tuvimos que convertirnos en Romeo y Julieta?»
Jadeante

Ana Stuart
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