
Los fiscales se enfrentaron directamente a las espantosas consecuencias del aborto. Y descubrieron que nadie quería hablar del tema. De hecho, comprobaron de primera mano la ceguera de la profesión médica respecto al aborto. Entre las desagradables sorpresas que encontraron al inicio de la investigación, destacó la casi universal renuencia de los médicos a colaborar. Casi nadie quería hablar. Algunos se mostraron comprensivos, pero se negaron a testificar. Muchos otros no fueron tan amables. Los profesionales médicos no querían contribuir a ningún procedimiento oficial que pudiera arrojar una luz negativa sobre el aborto. Los fiscales se topaban con la misma reticencia a pronunciarse y hacer lo moral y éticamente correcto que había permitido a Gosnell seguir matando durante años.

Ann McElhinney
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