
Lo asombroso del mundo de los insectos, sin embargo, es precisamente que no hay velo alguno que oculte estos horrores. Son misterios que se desarrollan a plena luz del día ante nuestros propios ojos; podemos ver cada detalle, y aun así siguen siendo misterios. Si, como sugiere Heráclito, Dios, como un oráculo, ni «declara ni oculta, sino que revela mediante señales», entonces claramente debería estar observando esas señales. La Tierra dedica una proporción abrumadora de su energía a estos zumbidos y saltos en la hierba. A ellos les corresponde la mayor parte del pastel: ¿Por qué? Debería tener un chinche acuático gigante en un acuario sobre mi cómoda, para poder reflexionar sobre ello.
Peregrino en Tinker Creek

Annie Dillard
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