
Esa tarde, mucho después de que el taburete se hubiera guardado y los valses hubieran cesado, mientras Werner permanecía sentado con su transceptor, sin escuchar nada, una niña pelirroja con una capa granate emergió de una puerta, de unos seis o siete años, menuda para su edad, con unos ojos grandes y claros que le recordaban a los de Jutta. Cruzó corriendo la calle hasta el parque y jugó allí sola, bajo los árboles en ciernes, mientras su madre permanecía en la esquina mordiéndose las puntas de los dedos. La niña se subió al columpio y se balanceó de un lado a otro, moviendo las piernas, y verla abrió una válvula en el alma de Werner. Esto es la vida, pensó, para esto vivimos, para jugar así en un día en que el invierno finalmente cede.
Toda la luz que no podemos ver

Anthony Doerr
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