
los ojos de los soldados estadounidenses que pasaban en sus camiones, yo no parecía diferente de las mujeres que me rodeaban; y pensándolo bien, ¿quién podría decir que yo era diferente? Si ya no tienes hojas, ni corteza, ni raíces, ¿puedes seguir llamándote árbol? «Soy una campesina», me dije, «y ya no soy una geisha». Me daba miedo mirar mis manos y ver su aspereza. Para distraerme de mis temores, volví a fijarme en los camiones llenos de soldados que pasaban. ¿Acaso no eran esos mismos soldados estadounidenses a los que nos habían enseñado a odiar, los que habían bombardeado nuestras ciudades con armas tan horribles? Ahora recorrían nuestro barrio, lanzando caramelos a los niños.
Memorias de una geisha

Arthur Golden
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