
Descubrió que, bajo la apariencia del Puercoespín Desaliñado, un marxista atormentado estaba en guerra con un romántico imposible e incurable, que olvidaba las velas, que rompía las copas de vino, que olvidaba el anillo. Que le hacía el amor con una pasión que la dejaba sin aliento. Siempre se había considerado una chica algo anodina, de cintura y tobillos gruesos. No fea. Nada especial. Pero cuando estaba con Chacko, los viejos límites se desvanecieron. Los horizontes se expandieron. Nunca antes había conocido a un hombre que hablara del mundo —de lo que era, de cómo llegó a ser o de lo que pensaba que sería— de la misma manera que otros hombres que conocía hablaban de sus trabajos, sus amigos o sus fines de semana en la playa. Estar con Chacko hizo que Margaret Kochamma sintiera como si su alma hubiera escapado de los estrechos confines de su isla, hacia los vastos y extravagantes espacios de la suya. Él la hizo sentir como si el mundo les perteneciera, como si estuviera ante ellos como una rana abierta en una mesa de disección, implorando ser examinada.
El Dios de las Cosas Pequeñas

Arundhati Roy
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