Barbara Kingsolver

Hasta ese momento, había creído que podía tenerlo todo: ser una de ellos y, a la vez, la esposa de mi marido. ¡Qué vana ilusión! Yo era su instrumento, su animal. Nada más. ¡Cómo perecemos las esposas y madres a manos de nuestra propia rectitud! Yo era solo una más de esas mujeres que se callan y ondean la bandera mientras su nación avanza hacia la conquista de otra en la guerra. Culpables o inocentes, lo tienen todo que perder. Son lo único que se puede perder. Una esposa es la tierra misma, cambiando de manos, llevando cicatrices.
– Bárbara Kingsolver –


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Hasta ese momento, había creído que podía tenerlo todo: ser una de ellos y, a la vez, la esposa de mi marido. ¡Qué vana ilusión! Yo era su instrumento, su animal. Nada más. ¡Cómo perecemos las esposas y madres a manos de nuestra propia rectitud! Yo era solo una más de esas mujeres que se callan y ondean la bandera mientras su nación avanza hacia la conquista de otra en la guerra. Culpables o inocentes, lo tienen todo que perder. Son lo único que se puede perder. Una esposa es la tierra misma, cambiando de manos, llevando cicatrices.

La Biblia envenenada


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Bárbara Kingsolver


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