
Si una madre llora no por lo que ha perdido ella, sino por lo que ha perdido su hijo fallecido, le reconforta saber que el niño no ha perdido el propósito para el que fue creado. Y le reconforta saber que ella misma, al perder su principal o única felicidad natural, no ha perdido algo aún mayor: que todavía puede esperar «glorificar a Dios y disfrutar de Él para siempre». Un consuelo para el espíritu eterno y espiritual que reside en ella. Pero no para su maternidad. La felicidad específicamente maternal debe darse por perdida. Jamás, en ningún lugar ni en ningún momento, volverá a tener a su hijo en sus rodillas, ni a bañarlo, ni a contarle un cuento, ni a planificar su futuro, ni a ver a su nieto.
Un duelo observado

C.S. Lewis
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