
Se había quedado prendada de la figura de la espalda de una mujer en un espejo. Se detuvo y miró. El vestido que llevaba la figura era del color llamado ceniza de rosas, y Ada se quedó inmóvil, paralizada por una punzada de envidia por el vestido de la mujer, la elegante forma de su espalda, su espeso cabello oscuro y la seguridad que parecía evidenciar en su postura. Entonces Ada dio un paso adelante, y la otra mujer también, y Ada se dio cuenta de que era a sí misma a quien admiraba, pues el espejo había captado el reflejo de otro espejo en la pared detrás de ella. La luz de las lámparas y el tinte de los espejos habían conspirado para cambiar los colores, decolorando el malva hasta convertirlo en rosa. Subió los escalones de su habitación y se preparó para dormir, pero durmió mal esa noche, pues la música continuó hasta el amanecer. Mientras yacía despierta, pensó en lo extraño que se había sentido al ganar su propio respaldo.
Montaña fría

Charles Frazier
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