
Si realmente viéramos la guerra, lo que la guerra les hace a las mentes y los cuerpos jóvenes, sería imposible aceptar el mito de la guerra. Si tuviéramos que contemplar los cadáveres mutilados de escolares asesinados en Afganistán y escuchar los lamentos de sus padres, no podríamos repetir los clichés que usamos para justificar la guerra. Por eso la guerra se presenta de forma tan cuidadosamente idealizada. Por eso se nos ofrece la emoción perversa y oscura de la guerra, pero se nos libra de ver sus consecuencias. Las visiones míticas de la guerra la mantienen heroica y entretenida… Los heridos, los lisiados y los muertos son, en esta gran farsa, rápidamente apartados del escenario. Son los desechos de la guerra. No los vemos. No los oímos. Están condenados, como espíritus errantes, a flotar en los márgenes de nuestra conciencia, ignorados, incluso vilipendiados. El mensaje que transmiten es demasiado doloroso para que lo escuchemos. Preferimos celebrarnos a nosotros mismos y a nuestra nación asimilando los mitos de la gloria, el honor, el patriotismo y el heroísmo, palabras que en combate se vuelven vacías y sin sentido.
La muerte de la clase liberal

Chris Hedges
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