
El gran defecto de la democracia moderna —un defecto común tanto al capitalista como al socialista— es que acepta la riqueza económica como el fin de la sociedad y el estándar de la felicidad personal. La gran maldición de nuestra sociedad moderna no es tanto la falta de dinero como el hecho de que la falta de dinero condena al hombre a una existencia miserable e incompleta. Pero incluso si tiene dinero, y mucho, sigue corriendo el peligro de llevar una vida incompleta y limitada, porque todo nuestro orden social está orientado a fines económicos en lugar de espirituales. La visión económica de la vida considera el dinero como equivalente a la satisfacción. Consigue dinero, y si tienes suficiente, obtendrás todo lo demás que vale la pena tener. La visión cristiana de la vida, en cambio, pone las cosas económicas en segundo lugar. Busca primero el reino de Dios, y todo lo demás te será añadido. Y esto no es tan absurdo como parece, pues basta con pensar un momento para darnos cuenta de que los males de la sociedad moderna no provienen de la pobreza; de hecho, la sociedad actual es probablemente más rica en bienes materiales que cualquier otra sociedad que haya existido. Lo que padecemos es la falta de adaptación social y la incapacidad de subordinar los bienes materiales y económicos a los humanos y espirituales.
Religión e historia universal: una selección de las obras de Christopher Dawson

Christopher Henry Dawson
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