
Pero su carácter excluyente y su irreconciliable hostilidad hacia los cultos y ceremonias religiosas, con los que la vida social de la ciudad-estado y del imperio estaba inseparablemente ligada, llevaron a los cristianos a un inevitable conflicto con el gobierno y la opinión pública. Para el ciudadano común, el cristiano era un ateo antisocial que se negaba a participar en las fiestas y los juegos públicos, tan importantes en la vida de la ciudad. Para las autoridades, era un rebelde pasivo que no aceptaba cargos municipales ni rendía homenaje al emperador. De ahí surgió la persecución y la marginación de los cristianos, que se vieron obligados a vivir en la clandestinidad, como una secta proscrita. La Iglesia creció bajo la sombra de las varas y las hachas de los verdugos, y todo cristiano vivía bajo el peligro de la tortura física y la muerte. La idea del martirio impregnaba la visión del cristianismo primitivo. Pero no era solo un temor, sino también un ideal y una esperanza. Porque el mártir era el cristiano completo, era el campeón y héroe de la nueva sociedad y de su conflicto con la antigua, e incluso los cristianos que fallaron en el momento de la prueba —los lapsi— veían a los mártires como sus salvadores y protectores.
Religión e historia universal: una selección de las obras de Christopher Dawson

Christopher Henry Dawson
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