
Llegó un día terrible en que descolgué el teléfono y supe al instante, como suele suceder con algunos viejos amigos incluso antes de que hablen, que era Edward. Su voz sonaba como si llamara desde el fondo de un pozo. Todavía doy gracias a Dios por no haber dicho lo que estuve a punto de decir, porque los amigos telefónicos del buen profesor estaban acostumbrados a animarlo o a sacarlo a broma de sus ataques de pesimismo e inseguridad cuando a veces decía cosas ridículas como: «Espero que no les importe que los moleste un simple extranjero y advenedizo». El remedio para esto no era seguirle el juego, sino responder con algo ingenioso y satírico que pronto le devolviera la risa. Pero me alegro de no haber dicho: «¿Qué pasa, Edward? ¿Otra vez chapoteando en las aguas de la autocompasión?», porque esta vez me llamaba para decirme que había contraído una cepa rara de leucemia. Como era de esperar, aprovechó la ocasión para recordarme la importancia de concertar y mantener siempre citas periódicas con el médico.
Hitch-22: Unas memorias

Christopher Hitchens
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