
En cuanto entré en la biblioteca, cerré los ojos y respiré hondo. Percibí el aroma del cuero de los libros antiguos, un olor que se intensificaba si cogías uno y acercabas la nariz al pasar las páginas. Luego estaba el olor de la tela que cubría los libros nuevos, libros que crujían al abrirlos. Después pude oler el papel, ese olor suave, empolvado y somnoliento que se desprende de la página en pequeñas nubes cuando lees o miras imágenes, un olor casi hipnotizante. Creo que es ese olor el que hace que tanta gente se duerma en la biblioteca. Ves a alguien pasar una página y puedes imaginarte una nube de polvo de página que sube lenta y suavemente hasta que empieza a acumularse en las pestañas, pesando tanto los ojos que permanecen cerrados un poco más después de cada parpadeo, hasta que finalmente pesan tanto que ya no se levantan. Entonces abren la boca y sus cabezas empiezan a rebotar como si estuvieran flotando en una gran tina de agua para manzanas y, antes de que te des cuenta… se quedan inconscientes y su cara golpea de lleno contra el libro. Esa es la parte que más enfurece a los bibliotecarios. Se enfadan mucho si la gente empieza a babear sobre los libros.
Bud, no Buddy

Christopher Paul Curtis
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