
Recuerdo una vez que entrábamos a un supermercado y un anciano tocaba una campana para el Ejército de Salvación. Le pregunté a mi padre si podíamos darle algo de dinero y me dijo que no, que trabajaba duro para ganarlo y que no iba a dejar que se lo regalara. Dijo que no era su culpa que otras personas no quisieran trabajar. Se pasó todo el tiempo en el supermercado contándome cómo la gente se aprovecha del gobierno y que, hasta que el gobierno deje de ayudar a esas personas dándoles limosnas, el problema nunca desaparecerá… Le creí. Eso fue hace tres años y durante todo este tiempo pensé que las personas sin hogar lo eran porque eran vagas, drogadictas o simplemente no querían trabajar como los demás. Pero ahora sé que no es cierto. Claro, algo de lo que dijo era cierto hasta cierto punto, pero estaba usando los peores escenarios. No todos son personas sin hogar porque lo eligen. Son personas sin hogar porque no hay suficiente ayuda para todos. Y la gente como mi padre es el problema. En lugar de ayudar a los demás, la gente utiliza los peores escenarios posibles para justificar su propio egoísmo y avaricia.
Todo termina con nosotros

Colleen Hoover
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