
Los hombres nacen para jugar. Para nada más. Todo niño sabe que jugar es más noble que trabajar. Sabe también que el valor o mérito de un juego no reside en el juego en sí, sino en el valor de aquello que se pone en juego. Los juegos de azar requieren una apuesta para tener sentido. Los deportes implican la habilidad y la fuerza de los oponentes, y la humillación de la derrota y el orgullo de la victoria constituyen en sí mismos una apuesta suficiente, pues residen en el valor de los participantes y los definen. Pero la prueba del azar o la prueba del valor, todos los juegos aspiran a la condición de guerra, pues aquí lo que se apuesta lo absorbe todo: juego, jugador, todo.
Meridiano de Sangre, o el Enrojecimiento Vespertino en el Oeste

Cormac McCarthy
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