
Quería seguir sentada allí, sin hablar, sin escuchar a los demás, atesorando el momento para siempre, porque todos estábamos en paz, contentos y soñolientos como la abeja que zumbaba sobre nuestras cabezas. Dentro de poco sería diferente, llegaría el mañana, y el día siguiente, y otro año. Y quizás cambiaríamos, nunca más nos sentaríamos así. Algunos se irían, o sufrirían, o morirían, el futuro se extendía ante nosotros, desconocido, invisible, tal vez no era lo que queríamos, no era lo que habíamos planeado. Pero este momento era seguro, intocable. Allí estábamos sentados juntos, Maxim y yo, de la mano, y el pasado y el futuro no importaban en absoluto. Esto era seguro, este pequeño y curioso fragmento de tiempo que él nunca recordaría, en el que nunca volvería a pensar… Para ellos era justo después del almuerzo, las tres y cuarto de una tarde cualquiera, como cualquier hora, como cualquier día. No querían aferrarse a él, aprisionarlo y protegerlo, como yo. No tenían miedo.
Rebecca

Daphne du Maurier
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