
La paz de Manderley. La quietud y la gracia. Quienquiera que viviera entre sus muros, cualesquiera que fueran los problemas y las luchas, por mucha inquietud y dolor que hubiera, sin importar las lágrimas derramadas, las penas soportadas, la paz de Manderley no podía romperse ni su belleza destruirse. Las flores que se marchitaban volverían a florecer al año siguiente, los mismos pájaros construirían sus nidos, los mismos árboles florecerían. Ese viejo y tranquilo aroma a musgo perduraría en el aire, y las abejas vendrían, y los grillos, las garzas construirían sus nidos en el bosque oscuro y profundo. Las mariposas danzarían alegremente sobre los jardines, y las arañas tejerían telarañas brumosas, y pequeños conejos asustados que no tenían por qué entrar sin permiso asomarían sus hocicos entre los arbustos. Todavía habría lilas y madreselvas, y los capullos blancos de magnolia se abrirían lentamente y con firmeza bajo la ventana del comedor. Nadie jamás dañaría a Manderley. Siempre yacería en su hueco como una cosa encantada, custodiada por el bosque, a salvo, segura, mientras el mar rompía, corría y volvía a entrar en las pequeñas bahías de guijarros de abajo.
Rebecca

Daphne du Maurier
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