
Las relaciones son como la física. El tiempo transforma las cosas; tiene que hacerlo, porque el cambio del «yo» al «nosotros» implica derribar las fortificaciones que has levantado alrededor de tu antigua personalidad. Vivir con Susannah me hizo sentir como si estuviera viajando en el famoso autobús teórico de Einstein. Aquí está mi comprensión de esa difícil idea, en pocas palabras: si viajas en un Greyhound mágico, equipado para viajar a la velocidad de la luz, en realidad vivirás menos tiempo que cualquier peatón por el que pase el autobús. Así que, para un vecino en la calle con un cronómetro, el autobús superrápido tardará dos horas en viajar del punto A al punto B. Pero donde tú estás en ese Greyhound, y mirando el mundo desaparecer por esas ventanas romboidales del vagón, el mismo viaje durará poco menos de veinticuatro minutos. Tu vecino, con el cronómetro en la mano, habrá envejecido un ochenta y seis por ciento más que tú. Es difícil de comprender. Pero creo que es exactamente lo que las relaciones adultas nos hacen: por fuera, pasan los años, las vidas cambian. Pero en el fondo, es solo un día que se repite. Tú y tu pareja envejecen al mismo ritmo; parece que el tiempo no ha pasado. Solo cuando levantas la vista de tu relación —cuando bajas del autobús, sientes el suelo bajo tus zapatos— percibes la sutil y delicada absurdidad de las leyes del amor.
Media vida

Darin Strauss
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