
Gemma Davidson —respondió, con la voz tan adormilada como yo—. ¿Dónde estás? —pregunté—. ¿Quién habla? —Elvis. —¿Qué hora es? —¿Hora de Hammer? —Charley. —¿Me enviaste un mensaje? ¿Se te averió el coche? —No y no. ¿Por qué me haces esto? —Era graciosa—. Revisa tu celular. —Oí un suspiro fuerte y soñoliento, un crujido de sábanas y luego—. No enciende. —¿Para nada? —No. ¿Qué le hiciste? —Me lo comí para desayunar. Revisa el compartimento de la batería. —¿Dónde diablos está eso? —Eh, detrás de la tapa de la batería. —¿Me estás tomando el pelo? —La oí forcejear con el teléfono—. Gem, si quisiera tomarte el pelo, no solo apagaría tu teléfono. Te echaría miel en el pelo mientras duermes. O, ya sabes, algo así. —¿Fuiste tú? —preguntó, horrorizada.
Tercera tumba muerta más adelante

Darynda Jones
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