
Cuando lees un manuscrito dañado por el agua, el fuego, la luz o simplemente el paso del tiempo, tu mirada debe estudiar no solo la forma de las letras, sino también otras marcas de producción: la velocidad de la pluma, la presión de la mano sobre el papel, las pausas y las liberaciones en el flujo. Debes relajarte. No pienses en nada. Hasta que despiertes en un sueño donde eres a la vez una pluma que vuela sobre el pergamino y el pergamino mismo, con el roce de la tinta cosquilleando tu superficie. Entonces podrás leerlo. La intención del escritor, sus pensamientos, sus vacilaciones, sus anhelos y su significado. Podrás leer con la misma claridad que si fueras la luz de una vela que ilumina la página mientras la pluma se desliza velozmente sobre ella.
El decimotercer cuento

Diane Setterfield
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