
Siempre he sido una ávida lectora; he leído en cada etapa de mi vida, y nunca ha habido un momento en que la lectura no haya sido mi mayor alegría. Sin embargo, no puedo pretender que la lectura que he realizado en mi vida adulta tenga el mismo impacto en mi alma que la lectura que realicé de niña. Todavía creo en las historias. Todavía me olvido de mí misma cuando estoy inmersa en un buen libro. Aun así, no es lo mismo. Los libros son, para mí, hay que decirlo, lo más importante; lo que no puedo olvidar es que hubo un tiempo en que eran a la vez más banales y más esenciales. Cuando era niña, los libros lo eran todo. Y por eso, siempre existe en mí una añoranza nostálgica por el placer perdido de los libros. No es una añoranza que uno espere que se cumpla.
El decimotercer cuento

Diane Setterfield
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