
Me quedé despierto escuchando la lluvia, y al principio fue tan agradable para mi oído y mi mente como tanto la había anhelado; pero antes de dormirme se había convertido en algo majestuoso y finalmente terrible, en lugar de un dulce sonido y símbolo. Me acusaba, me ponía a prueba y me juzgaba. Largo rato permanecí inmóvil bajo la sentencia, escuchando la lluvia, y luego, por fin, escuchando palabras que parecían ser pronunciadas por un doble fantasmal a mi lado. Murmuraba: La lluvia de toda la noche apaga el verano como una antorcha. En la lluvia espesa y negra que cae directamente del cielo invisible y oscuro a la tierra invisible y oscura, el calor del verano se aniquila, el esplendor muere, el verano se va. La lluvia de medianoche lo entierra donde ha enterrado todo sonido excepto el suyo. Estoy solo en la noche oscura y silenciosa, y mi oído escucha la lluvia silbando en las cunetas y rugiendo suavemente en los árboles del mundo. Aun así, la lluvia caerá oscuramente sobre la hierba sobre la tumba cuando mis oídos ya no puedan oírla… El verano se ha ido, y nunca podrá volver. Nunca más habrá verano, y estoy cansado de todo… Estoy solo. La verdad es que la lluvia cae para siempre y me estoy derritiendo en ella. Negra y monótona es la medianoche y la soledad de la lluvia. Dentro de poco o en una era, porque todo es uno, conoceré la verdad completa de las palabras que solía amar, no sabía por qué, en mis días de naturaleza, en los días antes de la lluvia: «Bienaventurados los muertos sobre los que llueve.

Eduardo Thomas
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