
No pedimos compasión de los demás en la ansiedad y agonía de una amistad rota o un amor destrozado. Cuando la muerte separa nuestros lazos más cercanos, solos nos sentamos en la sombra de nuestra aflicción. Tanto en medio de los mayores triunfos como de las más oscuras tragedias de la vida caminamos solos. En las alturas divinas de los logros humanos, elogiados y venerados como héroes o santos, estamos solos. En la ignorancia, la pobreza y el vicio, como mendigos o criminales, solos pasamos hambre o robamos; solos sufrimos las burlas y los rechazos de nuestros semejantes; solos somos perseguidos y acosados por oscuros tribunales y callejones, por caminos secundarios y carreteras; solos estamos en el tribunal; solos en la celda de la prisión lamentamos nuestros crímenes y desgracias; solos los expiamos en la horca. En horas como estas nos damos cuenta de la terrible soledad de la vida individual, sus dolores, sus castigos, sus responsabilidades; Horas en las que los más jóvenes e indefensos se ven obligados a valerse por sí mismos para encontrar guía y consuelo. Dado que la vida es siempre una marcha y una batalla, y que cada soldado debe estar preparado para su propia protección, privar al individuo de un solo derecho natural es la mayor crueldad.
La Biblia de la mujer

Elizabeth Cady Stanton
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