
En esta pareja, los defectos se multiplicaban, como por una peligrosa duplicación; la debilidad se retroalimentaba sin contrapeso y quedaban atrapados, fallas mutuas que dejaban vacíos por doquier en sus vidas. Al leer sus cartas, a menudo es necesario consultar la firma para saber quién las escribió. Su tono al hablar de sí mismos, su estado de ánimo, es el fatal de la nostalgia: una poesía pasiva, absorbente y repetitiva. A veces, incluso sus momentos más felices y melodiosos se sienten fijos, rígidos en su expresión, y sus sentimientos se han fusionado gradualmente con su manera de ser, sometidos al dominio del estilo. Incluso en su sufrimiento, tan profundo e inconsolable, su memoria tonal controla las palabras, dándoles forma según la melodía de Fitzgerald, siempre tan arrepentida, regresiva y teñida de una cuidada felicidad.
Seducción y traición: mujeres y literatura

Elizabeth Hardwick
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