
Aferrado como te parece a lo finito, comprometido con los cambios rítmicos perpetuos, el flujo incesante de la vida «natural» —obligado a pasar de estado en estado, a crecer, a envejecer, a morir—, aún existe, como descubriste en el primer ejercicio de recuerdo, algo en ti que perdura y, por lo tanto, trasciende este mundo de cambios. Este habitante, este espíritu móvil, puede extenderse y fusionarse en la conciencia general, y reagruparse de nuevo en un punto intenso de personalidad. Posee también un conocimiento innato —un instinto para— otro ritmo mayor, otro orden de Realidad, aún fuera de su campo consciente; o, como decimos, una capacidad para el Infinito. Esta capacidad, este anhelo insatisfecho, que la mente astuta del hombre práctico suprime y disfraza lo mejor que puede, es la fuente de toda tu inquietud. Más aún, es el verdadero origen de todos tus mejores amores y entusiasmos, la causa inspiradora de tus heroísmos y logros; que no son sino esfuerzos oblicuos y tentativos para calmar esa extraña hambre de algún objeto final de devoción, alguna visión completa y esclarecedora, alguna entrega total de uno mismo, algún acto grande y perfecto dentro del cual tu pequeña actividad pueda integrarse.
Misticismo práctico

Evelyn Underhill
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