Frédéric Gros

Esta vez, no se trata de liberarse del artificio para saborear las alegrías sencillas. En cambio, existe la promesa de afrontar la libertad de frente como un límite externo del yo y del ser humano, un desbordamiento interno de una Naturaleza rebelde que te trasciende. Caminar puede provocar estos excesos: un cansancio excesivo que hace divagar la mente, una abundancia de belleza que conmueve el alma, un éxtasis en las cumbres, en los pasos de montaña (donde el cuerpo explota). Caminar termina por despertar esta parte rebelde y arcaica de nosotros: nuestros apetitos se vuelven ásperos e intransigentes, nuestros impulsos se inspiran. Porque caminar nos sitúa en el eje vertical de la vida: arrastrados por el torrente que corre justo debajo de nosotros. Lo que quiero decir es que al caminar no te vas a encontrar a ti mismo. Al caminar, escapas de la idea misma de identidad, de la tentación de ser alguien, de tener un nombre y una historia. Ser alguien está muy bien para las fiestas elegantes donde todos cuentan su historia, está muy bien para las consultas de los psicólogos. Pero ¿acaso ser alguien no implica también una obligación social que deja tras de sí —pues uno debe ser fiel al autorretrato— una ficción estúpida y engorrosa? La libertad de caminar reside en no ser nadie; pues el cuerpo que camina no tiene historia, es solo un remolino en la corriente de la vida inmemorial.
– Frédéric Gros –


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Esta vez, no se trata de liberarse del artificio para saborear las alegrías sencillas. En cambio, existe la promesa de afrontar la libertad de frente como un límite externo del yo y del ser humano, un desbordamiento interno de una Naturaleza rebelde que te trasciende. Caminar puede provocar estos excesos: un cansancio excesivo que hace divagar la mente, una abundancia de belleza que conmueve el alma, un éxtasis en las cumbres, en los pasos de montaña (donde el cuerpo explota). Caminar termina por despertar esta parte rebelde y arcaica de nosotros: nuestros apetitos se vuelven ásperos e intransigentes, nuestros impulsos se inspiran. Porque caminar nos sitúa en el eje vertical de la vida: arrastrados por el torrente que corre justo debajo de nosotros. Lo que quiero decir es que al caminar no te vas a encontrar a ti mismo. Al caminar, escapas de la idea misma de identidad, de la tentación de ser alguien, de tener un nombre y una historia. Ser alguien está muy bien para las fiestas elegantes donde todos cuentan su historia, está muy bien para las consultas de los psicólogos. Pero ¿acaso ser alguien no implica también una obligación social que deja tras de sí —pues uno debe ser fiel al autorretrato— una ficción estúpida y engorrosa? La libertad de caminar reside en no ser nadie; pues el cuerpo que camina no tiene historia, es solo un remolino en la corriente de la vida inmemorial.

Una filosofía del caminar


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Frédéric Gros


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