
Un autor que compone mientras camina, en cambio, está libre de tales ataduras; su pensamiento no es esclavo de otros volúmenes, no está sobrecargado de verificaciones ni lastrado por el pensamiento ajeno. No contiene explicaciones a las que deba rendir cuentas a nadie: solo pensamiento, juicio, decisión. Es un pensamiento nacido de un movimiento, de un impulso. En él podemos sentir la elasticidad del cuerpo, el ritmo de una danza. Conserva y expresa la energía, la vivacidad del cuerpo. Aquí se piensa en la cosa en sí misma, sin la confusión, la neblina, las barreras, los trámites burocráticos de la cultura y la tradición. El resultado no será una exégesis larga y meticulosa, sino pensamientos ligeros y profundos. Ese es realmente el reto: cuanto más ligero es un pensamiento, más se eleva y se vuelve profundo al ascender —vertiginosamente— por encima de los densos pantanos de la convicción, la opinión y el pensamiento establecido. Mientras que los libros concebidos en la biblioteca son, por el contrario, superficiales y pesados. Se quedan en el nivel de la mera copia.
Una filosofía del caminar

Frédéric Gros
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