
La alegría no es la contemplación satisfecha de un resultado logrado, la emoción de la victoria, la satisfacción del éxito. Es la señal de una energía hábilmente desplegada, una afirmación libre: todo llega con facilidad. La alegría es una actividad: ejecutar con facilidad algo difícil que ha requerido tiempo para dominar, afirmando las facultades de la mente y el cuerpo. Alegría del pensamiento al encontrar y descubrir, alegría del cuerpo al lograr sin esfuerzo. Por eso, la alegría, a diferencia del placer, aumenta con la repetición y se enriquece. Al caminar, la alegría es un bajo continuo. Claro que, en ocasiones, se puede encontrar esfuerzo y dificultad. También se encuentran momentos inmediatos de satisfacción: una mirada orgullosa hacia atrás para contemplar la larga y empinada pendiente que queda atrás. Sin embargo, esas satisfacciones a menudo brindan la oportunidad de reintroducir cantidades, puntuaciones, cifras (¿qué ruta? ¿cuánto tiempo? ¿a qué altitud?). Y caminar se convierte en una competición. Por eso, las expediciones en alta montaña (conquistando cumbres, cada una un desafío) siempre tienen un matiz impuro: porque generan una gratificación narcisista. Lo que predomina al caminar, lejos de la ostentación y el alarde, es el simple placer de sentir el cuerpo en la actividad más primitiva y natural.
Una filosofía del caminar

Frédéric Gros
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