
Cuando uno ha caminado un largo trecho para llegar a la curva del camino que revela una vista anticipada, y esa vista aparece, siempre hay una vibración del paisaje. Se repite en el cuerpo del caminante. La armonía de las dos presencias, como dos cuerdas afinadas, cada una alimentándose de la vibración de la otra, es como un relanzamiento infinito. El eterno retorno es el despliegue en un círculo continuo de la repetición de esas dos afirmaciones, la transformación circular de la vibración de las presencias. La inmovilidad del caminante frente a la del paisaje… es la intensidad misma de esa copresencia la que da origen a una circularidad indefinida de intercambios: Siempre he estado aquí, mañana, contemplando este paisaje.

Frédéric Gros
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