
La muerte era el único valor absoluto en mi mundo. Perder la vida significaba no perder nada jamás. Envidiaba a quienes creían en Dios y desconfiaba de ellos. Sentía que mantenían su valor con una fábula de lo inmutable y lo permanente. La muerte era mucho más segura que Dios, y con ella desaparecería la posibilidad diaria de que el amor muriera. La pesadilla de un futuro de aburrimiento e indiferencia se desvanecería. Jamás habría podido ser pacifista. Matar a un hombre era, sin duda, otorgarle un beneficio inconmensurable. Oh, sí, la gente siempre, en todas partes, amaba a sus enemigos. Eran sus amigos a quienes preservaban para el dolor y el vacío.
El americano tranquilo

Graham Greene
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