
También hemos desarrollado la capacidad de simplemente «devolver el favor»: yo te ayudo, alguien más me ayudará. Recuerdo haber escuchado una parábola cuando era niño, sobre un padre que cargaba a su hijo pequeño sobre su espalda para cruzar un río crecido. «Cuando sea mayor», le dijo el niño a su padre, «yo te llevaré al otro lado de este río como tú lo haces ahora por mí». «No, no lo harás», respondió el padre con estoicismo. «Cuando seas mayor tendrás tus propias preocupaciones. Lo único que espero es que algún día lleves a tu propio hijo al otro lado de este río como yo lo hago ahora por ti». Cultivar esta actitud es una parte importante del Humanismo: comprender que la vida sin Dios puede ser mucho más que una serie de transacciones estrictas de ojo por ojo donde tú me pagas y yo te pago. Aprender a devolver el favor puede añadir un tremendo sentido de significado y dignidad a nuestras vidas. En pocas palabras, se siente bien dar a los demás, independientemente de si recibimos algo a cambio o no.
Ser bueno sin Dios: lo que creen mil millones de personas no religiosas.

Greg M. Epstein
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