
Al amanecer, el hombre se acercó a la mujer y se tomaron de las manos. Él la sostuvo en brazos y, con languidez, se pusieron de pie, rozándose los cuerpos, con la mirada perdida el uno en el otro. Bailaron con sensualidad y deliberación, moviéndose como si fueran uno solo, con un lenguaje corporal fluido mientras desplegaban sus extremidades con cuidado. Giraron y se mecieron, se entrelazaron y se separaron, casi apoyándose el uno en el otro pero apenas tocándose, con movimientos a veces tiernos, a veces casi violentos… Pasaron unos instantes mientras los bailarines se abrazaban con fuerza, como si sus cuerpos se fundieran. La expresión de sus rostros al alzarlos hacia el cielo era de una alegría inimaginable.

Hannah Fielding
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