
Porque no somos nosotros quienes llamamos a Dios por estos nombres. No los inventamos. Al contrario, si de nosotros dependiera, guardaríamos silencio sobre él, trataríamos de olvidarlo y renegaríamos de todos sus nombres. No nos deleitamos en el conocimiento de sus caminos. Tendemos continuamente a oponernos a sus nombres: su independencia, soberanía, justicia y amor, y nos resistimos a él en todas sus perfecciones. Pero es Dios mismo quien revela todas sus perfecciones y pone sus nombres en nuestros labios. Es él quien se da a sí mismo estos nombres y quien, a pesar de nuestra oposición, los mantiene. De poco nos sirve negar su justicia: cada día demuestra esta cualidad en la historia. Y así sucede con todos sus atributos. Él los manifiesta a pesar de nosotros. El fin último de todos sus caminos es que su nombre resplandezca en todas sus obras y esté escrito en la frente de todos (Apocalipsis 22:4). Por eso no tenemos más remedio que llamarlo con los muchos nombres que su revelación nos proporciona.

Herman Bavinck
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